LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: «CON ‘C’ DE CALIDAD Y DE CONFORMISMO»

Y terminó Eurovisión 2019. La edición que hace el número 64 se ha cerrado con la brillantísima victoria de los Países Bajos. Incombustibles, inasequibles al desaliento, han tardado 44 años en sumar su quinta corona, que les coloca en el honroso tercer lugar del palmarés de todos los tiempos junto al Reino Unido, Francia y Luxemburgo.

La de Duncan Laurence, favorito desde hace semanas para lograr el micrófono de cristal, ha sido una merecida victoria. Su elegante balada fue interpretada con magisterio tanto en su semifinal como en la gran final, presidida por un ambiente intimista, casi humilde, con la música como centro.

Al final, en su interpretación como ganador, se me quedó cara de bobo, porque la canción volvía a ser lo que yo escuchaba en mi playlist (también desde hace semanas), un tema romanticón sin gancho alguno. Bonito, elegante, bien cantado, pero carente de todo interés si no le acompaña la poderosa puesta en escena. Vencedor al fin y al cabo.

Se une, por tanto, a las desaparecidas Corry Brokken y Teddy Scholten, que ganaron en 1957 y 1959, Lenny Kuhr, que formó parte del cuarteto triunfal de 1969, y a los míticos Teach-In, que figuraban desde 1975 como última victoria tulipandesa en el Festival. Más datos. La Haya fue la última ciudad de los Países Bajos que acogió el concurso, en 1980 y 1976, como antes habían hecho Hilversum y Ámsterdam.

Yo ya me anticipo a la jugada y apunto precisamente a la romántica capital del país como posible sede del Festival, y más concretamente el Ziggo Dome Arena, con capacidad para 17.000 espectadores, que estos días recibe entre otros a Elton John, Backstreet Boys y -oh, cielos- Mariah Carey. Aunque si tiran la casa por la ventana, lo mismo se lo podrían montar en el Johan Cruyff Arena, donde 55.000 aficionados se dejan la glotis animando al Ajax de Ámsterdam.

Con todo, qué final tan bonita hemos tenido. Si bien la primera semifinal encendió todas las alarmas, el espectáculo de anoche ha sido apoteósico. Preciosa la entrada del avión a la pista de aterrizaje del inmenso escenario al son de Hava Nagila y una versión cachondísima del Toy de Netta y el desfile de bienvenida a los participantes dando uso a las pasarelas laterales.

En medio, Dana International (¿o era Paco León haciendo las veces de Dana?) con la enésima actualización de Diva y, qué enorme orgullo, la primera representante de Israel en Eurovisión entonando un fragmento de Ey Sham. Usted es preciosa, señora Ilanit, pero si llega a ponerse un chaleco antibalas ya me gana de por vida. El cierre con el Golden Boy de Nadav Guedj, que ya en 2015 había advertido que nos enseñaría Tel Aviv dejó el espectáculo por todo lo alto.

Ya he comentado a los participantes en entradas anteriores, así que me centraré especialmente en el Big Five y en Israel, pero sí recordaré lo muchísimo que me ha gustado el cuarteto de presentadores de este año. En ediciones anteriores la tele israelí había acertado con sus animadores, y 2019 no ha sido una excepción.

Mejoran y mucho sus participaciones de la segunda semifinal la maltesa horripilante que tanto me molesta en esta final y la divaza albanesa Jodida Mariqui, hoy mucho más acertada en su difícil canción. Lake Malawi, por la República Checa, nuevamente soberbios. El vocalista, en concreto, es uno de los mejores performers de esta edición.

ALEMANIA. Me habían comentado que Laurita y Carlotta tenían una relación horrible y ni se hablan entre ellas, pero todo parece ser un infundio sin la menor base real. El cuarto puesto de salida no presagiaba nada bueno de las Sisters, y ahí que aparecieron las dos, enfundadas en sus cueros una y en una especie de pijama corto la otra, con una puesta en escena de esas que hacen los dúos en Eurovisión alejadas entre sí y recorriendo la pasarela, que debería estar prohibida por típica. El comienzo de la rubia ha sido terrorífico, pero han mejorado a medida que la canción avanzaba y terminan bastante bien. Con todo, preocupante bajón de Alemania, que no termina de encontrar estabilidad en la parte alta de la clasificación y resultados como el de Lena o el del pasado año parecen anecdóticos en su errática trayectoria reciente. Lo mejor de la actuación de las muchachas ha sido que se colocaran justo donde estaban Lucas, Manu y un montón de amiguitos de todos, y hayan dado a la bandera de Potes el protagonismo que merece: por momentos incluso en la entrepierna de la morena. La jugada se repetiría con Israel y hasta con España ¡Bravo! Ya quisieran ellas degustar ese cocido lebaniego, esas carnes a la parrilla y esos canónigos… A falta de chuparse los dedos con todas esas exquisiteces cántabras, que las Sisters chupen vagón de cola.

Rusia se me perdió entre todas las participantes de la final, la verdad. Valoro el carisma de Sergey y su currada puesta en escena, pero el tercer lugar me parece demasiado… Bastante ha tenido con no fracasar como Rybak el año pasado, y limitarse a engrosar con honores la lista de ilustres repetidores relegados al top3 donde ya estaban Katja Ebstein, Zeljko Joksimovic.

Detrás de la aburrida danesa Leonora llega Serhat, divaza, mostrando la lozanía que puede conservarse incluso a los 145 años, pero especialmente que un señor de la calle puede plantarse, susurrando cualquier cosa con una base musical movidita, en el puesto 20 en Eurovisión, e incluso al puesto 10 del televoto. Lo que anoche hizo él pudo hacerlo cualquiera de ustedes. Incluso la Monetta.

Menos mal que aparece Tamara Todevska en escena a regalarnos otra sentida y hermosísima actuación como la que tuvimos en semifinales. Crecida, soberbia incluso desde la humildad, tanto los tres minutos de su actuación como su emoción e incredulidad mientras iba recibiendo doce tras doce del jurado experto ya son parte de la historia reciente del Festival. Memorable su duelo durante las votaciones con el sueco John Lundvik -también impecable anoche-, aunque luego la audiencia diera la espalda inexplicablemente a ambos en el televoto.

Bajonazo de los buenos con la asesina en serie eslovena y con Tamta la chipriota, igual de floja que el primer día, remontado gracias a Duncan Laurence, a la postre ganador final, que mejoró incluso su actuación del jueves. Pone los pelos de punta incluso pasadas unas horas de su actuación. El último minuto, sencillamente magistral, es el que le da la victoria.

Pero… ¿Los Países Bajos ganaron solamente por lo que hicieron anoche? Lo dudo mucho. Han ganado porque se lo han tomado muy en serio desde que la rubia cabeza de Anouk asomó por el escenario de Malmö en 2013, y de eso ya hace siete años. Desde entonces llevan encadenando participaciones de altísima calidad, incluido el segundo puesto de The Common Linnets, con cuidadas escenografías. Con la única excepción de 2015 -y aún así Trijntje Oosterhuis es una número uno en su país- se han citado con la final y han dejado las estridencias, las señoras con penachos de plumas y las escenografías frikis.

Los Países Bajos han dado con la tecla que España no encuentra. La misma tecla que está pulsando Francia y que tarde o temprano les dará la victoria, la que llevan tiempo apretando Azerbaiyán, Suecia, Rusia y Ucrania. Y esa tecla es la C de calidad, que no hay que confundir con la C de conformismo.

Tras una nueva decepcionante actuación de la griega Katerine Duska llega ISRAEL de la mano de Kobi Marimi, de portentosísima voz, que ha desgranado una muy buena actuación. Guiño al Israel clásico que llevábamos tantos años sin ver y que es una de mis razones de vivir: El momento apoyo de los cinco coristas que en un momento dado, en la segunda mitad, se acercan porque sí al lado del solista a darle el necesario aliento para sobrellevar el final de la actuación, como ya hicieron con Dana, Liora, Lior Narkis, Yardena Arazi, Ofra Haza y muchos otros antes. Tal vez por ese motivo acaba tan pletórico, nuevamente con la bandera de Potes en lugar preferente, y esa emoción final un poco folclórica teatrera en Supervivientes recibiendo la llamada de Chabelita. Bueno, lo entiendo, a mí me traen Eurovisión a un par de manzanas de mi casa, me dan el honor de representar a mi país y me visten de principito, con ese pedazo de balada, delante de 10.000 almas y me tienen que sacar del escenario con un suero en vena directamente al hospital más cercano.

El voto del público aúpa a Noruega y su sucesión interminable de clichés eurovisivos al quinto lugar final, básicamente para callar la boca a aquellos -yo el primero- que decíamos que estas canciones para el público eurofan terminan quedando mal. Bastante que me alegro, que además han cantado genial y han traído cancaneo del bueno, que es de lo que se trata.

REINO UNIDO viene a aguarnos la fiesta con su petardísima canción. Michael Rice tiene cara de buen niño y canta con muchísimo más gusto y elegancia que la mayoría de los presentes, pero esta baladita simplona más vieja que el hilo negro y la anticuada puesta en escena, son más propias del Festival de 1997 que de la actual Eurovisión. No pasa nada, bonito, ya lo harás mejor y más modernuqui otro día.

Momento para las tres grandes divas de la noche, Tamara Todevska, Serhat y Sergey, a quienes felicitan por su segunda participación en Eurovisión mientras el escenario se prepara para recibir la compleja escenografía de Islandia, cuyo talento y diferenciación es premiada con un décimo lugar, de lo mejor que han conseguido en años. Para terminar de liarla bien, sacaron la bandera de Palestina en plena votación y toma bofetón político en toda la cara de Israel.

Tras la participación de trámite de Estonia y Bielorrusia, enfilamos la recta final con la potente y perfectísima actuación del empotrador del año, Chingiz, con quien espero casarme en breve, y que devuelve a Azerbaiyán a los puestos de privilegio que llevaban años sin ocupar. Lo mejor estaba por llegar y esto era sólo el aperitivo.

FRANCIA ha dado con esa tecla de la calidad que comentábamos anteriormente. El festival volverá a París la próxima década si mantienen esta tónica de canciones que siempre tienen algo. El despertar llegó con Amir hace tres años, y tanto Alma como Madame Monsieur y, este año, el influencer Bilal Hassani, han mantenido la tónica. Con ese look Pelopony que tantísimo le favorece, no sólo ha cantado maravillosamente, sino que ha sabido lanzar un vivido mensaje a favor de la igualdad y el respeto que mereció mucho mejor resultado final. Me emocionan muchísimo el mensaje y las lágrimas de los tres: Todos somos reyes. Todas somos reinas.

Y llegó ITALIA. Qué quieren que les diga, era mi favorita y me alegra su gran resultado. Las dudas que había despertado sobre la recepción que podía tener este tipo de canciones quedaron disipadas durante una magistral actuación. Mahmood, como BIlal, es un tipo con muchísimo carisma y personalidad, y el festival necesitaba abrirse a este tipo de canciones protesta que encierran mucho más de lo que parece. Salga usted a un escenario como ese a desnudar su alma y la difícil situación que viven otros Mahmood en grandes ciudades del mundo. El premio fue ese subcampeonato que prolonga el idilio de Italia con Eurovisión en esta exitosa década que estamos cerrando. Y ahora yo pregunto, ¿qué pasaría si nosotros hubiésemos mandado a nuestra Rosalía? ¿Puesto 22 o puesto 2? Alguien en las altas esferas sigue sólo pensando en dinero, dinero, haciendo como si tuviese dinero, dinero.

Nueva lección de buen gusto de Nevena por Serbia, que cantó incluso mejor que el lunes, pero tuvo que tragarse el sapo de actuar en medio de varios de los monstruos de la edición. Y recibimos sobre el escenario a Suiza y Australia, que reiteran con autoridad dos candidaturas igualmente competitivas al triunfo final. Una final de muchísimos quilates a estas alturas, y llega por fin el turno de España.

ESPAÑA. Azerbaiyán nos ha traído un alarde de técnica y efectos especiales al servicio de un guapo y solvente cantante. Francia lanzaba un mensaje inclusivo de verdadera potencia internacional. Italia seduce con una canción urbana y tremendamente actual. Serbia, elegantísima, la mejor voz de la noche. Suiza aporta tres minutos de perfectísima conjunción de voz y coreografía. Australia es incuestionable que trajo la mejor puesta en escena, lujosísima, mágica, volando por el escenario. Pregunto. ¿Qué ha aportado España?

A mí, como espectador de la media, debo ser sincero y decir que no me ha aportado nada. Miki es muy simpático, se ha ganado a los eurofans españoles y a la prensa española, ha demostrado que tenía ganas de participar y de defender su canción. Nada que decir por ese lado, muchas felicidades al cantante y su elenco, pero digo yo que tendremos que empezar a pensar en algún momento en los votantes de fuera de España. La canción es una divertida charanga que funcionará este verano por todos los pueblos de España y que será escuchada durante décadas en el Euroclub de turno, perfecto, pero hay que ir a más. ¿La GoPro era para algo? Lo digo porque no hubo ni una mínima interacción con ella.

Este año, vistas las ganas del muchacho, que nos hemos dejado el dinero en una escenografía -a mi modo de ver de muy cuestionable utilidad y gusto, sobre todo viendo los pantallones impresionantes que el mismo diseñador de nuestra casita de Ikea le preparó a Rusia- y que hemos cantado, bailado y tal, supongo que no tenemos derecho a quejarnos. Yo sí me quejo. Salvo a Miki, que ha cumplido muy por encima de sus posibilidades, pero me quejo de que nuevamente hayamos seleccionado a nuestro representante entre canciones de nivel medio-baja, en una gala preparada sin ton ni son como parte de Operación Triunfo, y sin más ambición que cubrir el expediente.

Si tomamos 2010 como referencia, en esta década han ganado Eurovisión Alemania, Azerbaiyán, Suecia por dos veces, Dinamarca, Austria, Ucrania, Portugal, Israel y los Países Bajos. Han ganado los del este, de la cuenca mediterránea, nórdicos, escandinavos, de Europa central, cantando en su idioma y en inglés, históricos, Big 5 y hasta la cenicienta Portugal.

En este tiempo Italia ha pisado el Top10 ocho veces sobre nueve participaciones. Suecia lo ha hecho en ocho ocasiones de diez posibles. Rusia seis veces, Noruega, Ucrania y Dinamarca en cinco. España tiene como paupérrimo bagaje los dos décimos lugares de Pastora Soler y Ruth Lorenzo, que se nos antojan casi heroicidades. Nuestra última ocasión entre los cinco primeros lugares se remonta ya a 1996, y la victoria de Salomé tiene ya medio siglo.

Reitero mi sincera felicitación a Miki y mi deseo de una larga carrera de éxitos, pero recuerdo que hace unos días dije por aquí que seríamos los 25 y lo más suave que me llamaron fue “hater”. Al final, puesto 22. Si la tecla que queremos seguir tocando es la C de conformismo, en lugar de la C de calidad, adelante. Seguiremos mucho y largo tiempo con la venda bien puesta sobre los ojos.

Como prueba de esa calidad de la que hablo, las cinco absolutas estrellas de Eurovisión que brillaron esplendorosas a continuación en un inolvidable Tu Cara Me Suena versión eurovisiva, Conchita, Mans Zelmerlow, Eleni Foureira y Verka, encadenando cada uno los éxitos del siguiente. En los cuatro casos quedó demostrado que tienen ese algo (que empieza por c de calidad, de carisma, de CANTANTES, de cachondos) que les haría ganar o quedarse en puertas con casi cualquier tema. El cierre de los cuatro homenajeando a Gali Atari y el inmortal Hallelujah con ocasión de su cuarenta aniversario, con los aros del escenario de Jerusalén 1979 y el pabellón entero rendido es de esos momentos que se quedan en el corazón de por vida. Por estas cosas es que AMO Eurovisión.

Antes de la infartante votación final, actuación de Netta y bochorno internacional de una estrella de la talla de Madonna, cantando sin ganas, como aburrida y sin demostrar ni un centímetro cuadrado de los 35 años de carrera que lleva a sus espaldas.

Hoy me decía una amiga músico, que en su también larguísima trayectoria profesional habrá ganado una millonésima parte de lo que tiene la icónica ambición rubia, lo siguiente: “Que le hablemos a mi hijo de 12 años del gran mito que es Madonna y que la primera vez que la vea sea lo de anoche es lo que me hace darme aún más cuenta de que todas y cada una de las actuaciones de cualquier artista deben ser ejemplares. Ese es el trabajo. Es como si un abogado de gran renombre pudiera permitirse el lujo de perder casos sólo porque lo avala su gran carrera. No”. Nada que añadir.

No puedo creer que tengamos que esperar un año hasta Eurovisión 2020.

*Todas las afirmaciones e ideas expresadas en este artículo de opinión pertenecen única y exclusivamente a su autor, y son totalmente ajenas a la Asociación OGAE Spain.

1 Comentario

  1. Raúl dice:

    Hola! Precioso artículo. Y muy de acuerdo en general. Creo que hay una errata: la última vez que entramos en top 5 fue en 1995 (Anabel Conde). Compruébalo, porfa.
    Muchas gracias!!! 🙂

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