LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “Y DE ISRAEL LLEGÓ EL EFECTO ROCK-ME (Y 2)”

Tres semanas han pasado desde que hablé por última vez contigo, querid@ amig@ eurofán, y tú te empeñabas en no creerme. Cundía en ti toda pena y desazón porque el festival de tus amores iba a ser pura balada cursi y esa playlist que te pones para hacer glúteos en el gim estaba repleta de baladas y así no hay quien queme la chicha.

Tú, mi queridísimo amigo Hugo, el eurofan tarugo, te estabas recomiendo por dentro porque ahora te toca plantarte en ese euroclub de Lisboa y ¿qué vas a hacer? ¿Esperar a ver si alguien te saca a bailar Tu Canción o a imitar las caras de intensa que pone la operística y absurda estonia mientras esperas aburrido a que llegue alguna apoteosis en algún momento y el DJ te ponga a Hera Bjork? ¿Cómo dices? ¿Qué no hay entradas para el Euroclub? ¿Para eso te has gastado el pastón que te ha costado el bus desde Totana, Murcia?

Quietos todos, que hay países que se lo montan mucho mejor que algunos de los que no voy a hablar, y han sabido esperar hasta última hora para cambiar el paso de un Festival 2018 que se adivinaba trufado de pesadísimas baladas con ínfulas de gran temazo, y han recordado que se supone que esto es una fiesta. Qué bien se lo montan en Suecia y en Noruega…

Parece que estoy viendo a Benjamin Ingrosso, todavía con el maquillaje medio corrido después de la juerga del día después de la final del Melodi, despertándose vete a saber en qué lugar de Estocolmo (y con quién) a eso de las seis de la tarde, con el móvil tupido de mensajes de gente diciéndole lo guay que es. Qué éxito el tuyo, chato, qué bien te salieron los pasos rítmicos, que chulos los neones ochenteros esos, los picos calculadísimos con tu compi durante la votación para atraer en condiciones el siempre fiel voto gay, y esa apoteósica victoria final, con el Méndez y todos estos a raya. Conseguido. La séptima está al caer.

A 529,1 kilómetros de distancia, según te diriges hacia el este en Gustav Adolfs torg hacia Strömgatan, tiras para la izquierda para continuar por Regeringsgatan y luego ya la Mari Carmen de tu navegador se pierde… Por ahí más o menos se encuentra la vecina capital del Reino de Noruega, Oslo. Allí, con su bata de andar por casa, de un vivo color granate, el tupé perfectamente colocado y las cuerdas de su instrumento bien tensas, toma un delicado café Alexander Rybak, mirando desde la ventana de su lujosísimo ático. Sonrisa de oreja a oreja, ya medio afónico después de decir treinta y cuatro mil setecientas once veces “no, por favor, no es para tanto, no sé si lograré ganar Eurovisión por segunda vez”, mientras internamente piensa “Johnny Logan, eres historia, pardillo”.

Era un espejismo. El silencio y La Paz cortaba el gélido despertar nórdico. A diferentes horas del domingo, ambas ciudades son removidas con sendos alaridos de dolor. La canción israelí ha sido presentada y sube directa al primer lugar de las casas de apuestas. “¡Gorda infame, te odio!” grita el sueco, pataleando de rabia hasta el llanto. “¡Basta, más que basta, ordinaria!”, aúlla el noruego-bielorruso, haciendo añicos el violín contra el suelo como si fuera una raqueta de Novak Djokovic.

El efecto Rock-Me del que les hablé hace unas semanas es ya una realidad, y la amiga Netta Barzilai, que no es especialmente guapa, no es flaca y aparece vestida en sus fotos de Instagram como con unos peluches baratísimos de los chinos, ha irrumpido en la previsible y aburrida pugna entre escandinavos con la más tonta y alegre canción que se pueda componer, en la cual rinde homenaje a Manel Navarro y al tradicional gallo de colorines del país anfitrión, con una letra que alude al empoderamiento de la mujer.

Hasta los periódicos provincianos se han hecho eco del fenomenal suceso, y aquí y allí han salido voces alabando a la muchacha, estableciendo paralelismos con otras pibas de la música actual a las que les importa un higo su aspecto físico y lucen un calculado desaliño. “Toy” es una canción con un mensaje fácil de seguir, muy al estilo de “Lo malo” (oh, cielos) e innumerables opciones para la puesta en escena. Ni Georgia ni Bulgaria, las últimas propuestas que hemos conocido han sido capaces de producir un mínimo arañazo en la potente candidatura hebrea.

Ahora bien, ¿Estaremos ante el “efecto Rock-me”, o este será un “efecto Gabbani”? Ya les decía yo que estos años de baladera incesante terminan por encumbrar a la más chochi, alegre y divertida. Y, claro está, el mundo eurofán ha empezado a elucubrar con la cuarta victoria de Israel a dos meses del Festival, pero aquí nadie ha caído en que el año pasado hubo cierto italiano de fino bigote, pinta de galán desastrosillo y simia danzarina, que se paseó triunfal durante meses por las redes sociales de toda Europa como único e indiscutible favorito, y terminó sexto y gracias. Y no digamos el fiasco monumental de otro favorito incuestionable como el ruso Sergey Lazarev, víctima de la peor de las humillaciones a manos de la eterna rival, Ucrania.

Tenemos mes y medio de suculentas elucubraciones por delante. Netta tendrá ocasión de demostrar que es una verdadera mariliendre, y segurísimo que se convierte en la íntima amiga de Benji Ingrosso durante la gira previa. Rybak, falso como una moneda de corcho, se prestará a posar con ella, luciendo esa sonrisa medio babosilla suya en la que enseña 28 dientes al más puro estilo Julia Roberts, mientras internamente maldice el día en que decidió volver a presentarse.

Mientras tanto, usted y yo repasemos la lista de ilustres petardas (y petardos) que, como la adorable muchacha del gallinero, un día entraron en nuestras vidas y se quedaron para siempre. Qué más da que hayan terminado fracasando. Lo importante es que tu público te recuerde con nostalgia años después y reconozca saberse de memoria cada letra y cada paso de la gozosa coreografía.

  1. Bebi Dol – Brazil (Hispaniyá, Columbiyá)

Fuerte mujer ecléctica esta. Ella empezó su carrera como con un rollo étnico, que le llevó a ganar incluso el prestigioso y popularísimo festival de Kuala Lumpur (no es coña) en 1989, pero no le bastó y se emperretó durante años en representar a la extinta Yugoslavia en Eurovisión. Yo creo que los prebostes de la tele balcánica se veían venir el cruento conflicto que se venía encima, y dejaron concursar a la chiquita con la deliciosamente petardosa Brazil, un indescriptible invento que demuestra que la lambada y Sopa de Caracol existieron y fueron éxitos universales. Y ella los conjugó y en los estudios de Cine Citá se plantó, en donde mismo habían estado la Loren y la Magnani, para regocijo de todos y tadas. El ritmillo de la orquesta ya presagia todo lo mejor, y en los lalalás del principio Bebi ya empieza cantando una cosa distinta a lo que suena de fondo. Como aquella era su noche, ella se colocó encima todo lo que encontró, incluido un pelucón modelo nido de pájaros con extensiones, tupidas medias de colorines, flores y un de lo último, y nos regaló la primera canción de la noche, una especie de descarte de los tempranos discos de Thalía que debería ser estudiado en todos los libros de historia de la música del siglo pasado. El cuerpo de baile, los pasos de ella, la pose final y el solitario punto que recibió son leyenda eurovisiva. Hoy va de gran dama de la canción, pero en aquel 1991 fue una adelantada a su época.

  1. CatCat – Bye, bye baby (Hasta nunki)

Imaginen que a España le hubiese dado por concursar en aquellos años con un dueto de nuestras Martita Sánchez y Vicky Larraz, morena y rubia, en pleno auge de la moda de España, huye de ella mientras puedas. El resultado final hubiese sido algo parecido a lo que les resultó a los finlandeses aquel año. Y otra canción en la que la orquesta nos anticipa en sus primeros compases la gran maravilla que vamos a presenciar. En el icónico stage de Dublín ya esperan dos raperos del Bronx, al más puro estilo Príncipe de Bel Air, que se marcan una arrítmica coreografía que haría palidecer a Rafa el de Fama, y que reciben como se merecen a las CatCat, corpiños creo que verdes con pantalón corto y zapatones, y pinta de nuevas ricas, con sus melenas bien llenas de laca. Seguramente creyeron que en su Rovaniemi natal las iban a poner de golfas parriba con los corpiños modelo Madame de casa de dudosa reputación y se agenciaron dos guardapolvos hasta los tobillos que les dieron bastante juego. Sus voces empastan perfectamente y no fallan una condenada nota en los tres minutos, en los que si bien el baile de los citados raperos no tiene nada que ver con lo que suena, ellas seducen a la cámara con altivas y sensuales miradas. Otro baile para la historia que Europa tampoco supo valorar. Qué injusto.

  1. Gina G – Ooh… Aah… Just a Little Bit (Uh, ah, un fisquito de nada)

Por lo general estas divas petardas tienen en común lo de las entradas apoteósicas a escena. Entre ellas reina con total merecimiento la gran Gina G, australiana pero representando al Reino Unido, favorita entre las favoritas aquel año 1996, que fundió el hielo noruego con su sensual baile y la ínfima minifalda modelo armadura con que la hermoseó Paco Rabanne. Eso y no otra cosa es pisar un escenario, doña, guapa a morir, con esas piernazas musculosas de Angel de Victoria Secret. Si hasta se permite el lujo de saludar al respetable, que la jalea enloquecido… Brillor infinito para ella y fluorescentes minivestidos para sus eficaces bailarinas, además de un sintetizador que avanzaba todo lo que estaba por llegar. Qué nos importa su insuficiente voz, cuando nos regala tres minutos de divertidos bailes e incorpora el discotequeo noventero hasta el tobillo en el aburrido y clásico Eurovisión de los años noventa. Todo lo que en ella es desenfado y felicidad se convierte en plúmbea desgana en la irlandesa Eimear, finalmente ganadora. Hasta el volumen del pelo rojísimo que luce Gina contrasta con la correcta melenita de la otra sosa… El continente no estaba preparado para tanta innovación, y la bailongui piba termina octava, pero suyas fueron las pistas de baile aquel verano, y no hay fiesta eurovisiva en la que falte este importantísimo hit.

  1. Marlain – Tha’ne erotas (Soy manchega, mi niño)

Otra que nos trajo el discotequeo y la pachanga buena, la chipriota Marlain Angelidou, que colocaba a su país por vez primera entre los favoritos para ganar el festival. Durante semanas encabezó ella todas las predicciones, gracias a su balada europop, un verdadero temazo que una Madonna cualquiera o una Carola hubiesen convertido en el éxito de su carrera. Todo estaba preparado para la sonada victoria: Un puesto de salida en la segunda mitad de los concursantes, el cuerpo de baile, vestidazo digno de toda alfombra roja, peinado de esos que se llevaban en la época, con el flequillo planchado y un montón de orquillitas repartidas por toda la cabeza. Los eurofans, que ya podíamos mínimamente seguir sus andanzas por un embrionario internet la amábamos, la realización brillante y hasta el público saludó con vítores su actuación. Pero claro, ella no era mujer de directo. Un terrible ataque de miedo escénico, una afinación peor que dudosa durante los tres minutos de actuación y cara de dolor de barriga, como queriendo escapar de allí. El resultado, de compañerita de nuestra Lydia con dos miserables puntos en el último -por ahora- festival celebrado en Jerusalén. Ella, la pobre, acabó años después integrando el elenco de la versión grecochipriota de las Popstars, todo por un euro.

  1. Julie y Ludwig – On again… off again (Cualquier cosa es ópera)

Y el festival terminó organizando semifinales para llenarnos de gozo y permitir que toda Europa tuviese su minuto de gloria, o sus tres minutos, según se mire. Debo confesar que odio en general el conjunto de las participaciones de Malta, no me llevan al huerto con esas canciones melosas, untuosas como mermelada de pimiento rojo, pensadas específicamente para que te tengan que ingresar con un ataque de hiperglucemia aguda. De tanto que odio a Julie y a Ludwig he terminado por adorarlos, rendido a los pies de su triunfal bobería. Hubo quien llegó a decir que eran favoritos para la victoria final, lo cual todavía hoy me hace reír, al recordar el nivelazo de final que tuvimos aquel año en Estambul, con última votación apretada incluso, e imaginarme a la parejita de cursis, que encima es totalmente desequilibrada, porque ella lo apisona desde el primer segundo en que sale a escena a contarnos lo feliz y enamorada que está de su churri, churri en cuestión que resulta ser un patético doño de pelo planchado con pantalón estilo corte imperio que le hace un cuerpo horrible y que canta con cara de amargura encima. Todo lo contrario que contrapuse es una maltesa más que se parece a Susana Díaz y Mariah Carey, con su cabello lleno de onditas y su vestido de delicada gasa de esa que cuesta un riñón y medio hígado. Lo mejor, ese climax en el que se ponen operísticos y ella se marca como unas simpluchas escalas para delirio del público, que acaba en éxtasis. De verdad, a cualquier cosa se le llama bel canto… Con todo, creo que los respeto como dúo humorístico.

  1. Ledina Celo – Tomorrow I go (Compuesta y sin novio)

Con decir que Ledina Celo figura en Wikipedia como “modelo”, creo que está todo dicho. Qué año tan maravillosamente petardo fue este, y lo serían los venideros. No me digan que no aman a ese Constantinos Christoforou subido en los bidones de gasolina con la camisetilla sin mangas, y ese Amar portugués completamente desbaratado, la Selma de caperucita roja en minipantaloncillos con capucha, el merecido premiado con el Barbara Dex, Martin Vucic, esa Javine desgañitada como si fuera un cochinito muriendo, la Gulseren, nuestras Son de Sol como brillante aportación patria, Marian Van de Wall, esas Feminem… Y reinando entre todo el elenco, ella, Angélica Agurbash, con sus cambios de vestuario, sus lentejuelas, su rollo rococó y esa convicción suya de que había cantado como Dios en la Tierra. Se ha escrito muchísimo y muy bien sobre su incuestionable aportación a la música internacional, así que yo me ocuparé de ensalzar a esa grande entre las grandes que es Ledina, la exacta doble de nuestra Roser, que nos cuenta angustiada que es su última noche de soltera y que no las tiene todas consigo. Esas bailarinas agarrando sus violines sin cuerda de cualquier manera, cuando lo que suena es un sintetizador, y el otro con el tambor (la absoluta moda en aquellos tiempos) que en un momento dado se pone a dar saltos mientras la estrella se deja hasta la glotis en el intento, cantando cualquier nota menos la que toca, y encima improvisando en el momento culminante. Como cierre, del citado tambor sale un velo rojo como símbolo de la purísima virginidad que ha perdido la muchacha. Todos somos de Angélica, pero reconozcamos que esto es memorable.

  1. Severina – Moja Stikla (Cómeme el cayuco)

Otro año petardo en grado sumo, que es el ejemplo de cómo legar grandes momentos de gloria a la historia del Festival. Da igual, ninguno se le acerca ni de lejos al triunfo absoluto de la croata Severina. Reina de la cirugía estética, la buena mujer tuvo que hacer frente al bochorno mundial que supuso ser víctima de la traición de un ex novio suyo que ruló un vídeo caserillo que se habían grabado cuando la cosa iba bien, en el que salían practicando sexo salvajemente. Ríete tú de Olvido Hormigos. A ella le dio todo igual, y en Atenas que se plantó, con las tetazas bien prietas en un vestido rojo desmontable, muy en la tradición croata, que en un momento dado dejaba ver sus piernas. Como acompañamiento, un acertado coro de señores disfrazados de baturros, que se marcan unos acertados bailes con ella, que canta muy muy bien, e incluso se marca unas sentadillas. El folk y el balcanismo me privan, así que esta actuación está decididamente en mi top10 de todos los tiempos y además en un lugar de honor. Y encima transgresora: En plena crisis de la inmigración irregular de mediados de los 2000, se atreve a exclamar hasta en dos ocasiones “cómeme el cayuco”. Como dicen algunos: Enorme, Severina, ENORME.

  1. Ivi Adamou – La La Love (Afónicas por Azerbaiyán)

Qué alegría y qué ganas de vivir da esta canción, señora… Tuvo su cierto éxito en radiofórmulas incluso. Aquí la amiga Ivi, que compitió en algún concurso de televisión con la participante de Grecia, Eleftheria, ambas nacidas en Chipre y con pinta de llevarse a matar. Debió sentirse poco menos que una triunfadora cuando le pasó por delante al final de las votaciones, aunque las dos quedaron hundidas en la tabla. No me extraña, vamos, porque cantaron peor que fatal, pero ni nos importa esa fruslería de nada, cuando se está tan buena y se viene a concursar con tan buena intención. Todo el montaje está tan bien armado, con tan buen gusto, ella interactúa de maravilla con sus coristas, perfectamente vestida y peinada, como subiendo y bajando de una especie de mesa. De biblioteca. Pienso que se equivocó al no sacar unos fornidos maromos, pero bueno… Eso sí, solo un pero: Cuando se sube en un momento dado a la mesa para acabar la canción, debieron poner otro encuadre del conjunto, y no ponernos en pantalla el culo de la niña, toda como malograda y engorilada, escalando como buenamente puede. Debería participar todos los años.

  1. Alyona Lanskaya – Solayoh (Solajero)

Pese a no ser Solayoh la canción inicialmente elegida, en Bielorrusia no tienen mayor reparo en cambiar sus decisiones iniciales si lo ven oportuno, la petarda con ganas Alyona, guapa como pocas y doblada durante toda la canción por una cover esforzadísima a la que debieron pagarle la mitad del caché, no sólo superó la criba de la semifinal, sino que se plantó cómodamente entre lo más granado del año, y hasta un doce le llegó a caer. El festival retrocede como quince años con esta actuación: Bola de espejitos XXL con mecanismo para abrirse como un melón y ahí que aparece la muchacha, ya asfixiada a pesar de que no se ha movido ni un centímetro. Se supone que estar en final le dio tranquilidad, porque se atreve a bailar un poco más que en la semi y a aprovechar las posibilidades del traje: un sueño minifaldero de canutillos, estrás y pedrería de la cara. Esta debe ser una osada tipo Bebi Dol, y tiene toda la pinta de que cuando se vio en YouTube al llegar al hotel no se avergonzó lo más mínimo por escuchar su voz por un lado, totalmente desbaratada, y la de la cover por otro. Espero que haya propuesto al presidente Lukashenko la concesión de la medalla de oro al Mérito en el Trabajo a su corista.

  1. Suzy – Quero ser tua (Eurocluberas)

Se corrió la voz aquel año de que Conchita Wurst, Ruth Lorenzo y Suzy se habían hecho íntimas y que iban de fiesta en fiesta siendo aclamadas en plan grandes divas. La suerte que corrieron fue bien dispar, y si bien los méritos como cantante de la austriaca y la española fueron ensalzados continuamente, no pasó lo mismo con la portuguesa, que pasa por ser de las últimas grandes petardas que nos ha dado el certamen continental, carne de Euroclub. La actuación es canela en rama. Maillot como de gimnasia rítmica de coste medio, nada que ver con las filigranas y la orfebrería que sacan las rusas, que aquí la amiga Igartiburu luce con garbo en una de las actuaciones que más coreó el público soberano. Ella se lo pasa teta y saca mucho partido a las clases de canto que se ve que tomó en los últimos meses, y bastante que lo agradecemos, pero el viejo continente da la espalda a su buen rollo y su sambita con total crueldad, y no sabemos bien si es porque esto no da para más, porque la puesta en escena no gustó o por el señor pintarrajeado que toca el tambor al fondo, enfocado más de la cuenta. El pabellón de Copenhague está encantado y ella también. Sinceramente, yo no la veo tan mal como para quedarse sin final, cuando han pasado las desafinonas azerí y ucraniana, por ejemplo… No pasa nada, bonita, ya ganará tu país otro día.

Y ganó.

La Columna de Alber-Vissión

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