LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “NO PIENSO VER OT 2017”

¿Qué hacías tú en las lejanas épocas de 2001/2002, cuando el primer Operación Triunfo, el de verdad? En aquellos tiempos se llevaban los pantalones de campana, sacábamos fotos con cámaras pequeñitas como con ventanuco donde podías ver a tu cuñada mientras la fotografiabas, acababan de estrenar la primera de Harry Potter, teníamos los benditos móviles Alcatel color amarillo chillón modelo ladrillo con antenita, y nos comunicábamos a través del lento Internet vía Inforchat, #irc-hispano y Messenger.

No se conocía wasap ni cosa parecida. En aquellas primeras experiencias de comunicación a larga distancia que nos proporcionaba #irc-hispano, el joven, inocente y casi virginal Alber (casi, que hacía poco que había entregado mi flor, mayorcito, pero bien entregada) bajo el nick Alazán, se daba a larguísimas noches hablando sobre Eurovisión con Karleken, Marlain, Danijela, Ebonique, Piasek, Fabrizzio, YagoESC, Magnus, GUILDO, Itsuki, Rollo, POLO, Teriazume, nieja, oman, DeCire, Mashiel, anixi, CATCAT, Ein_Davar -por siempre en nuestros corazones-, y tantos amigos eurofans. Oye, no estás solo… Oye, eres querido…

Nótese el frikismo y eurovisionismo de los nombres de aquellos flipados que nos dábamos cita en el chat desde el año 1999-2000, cuya “happy hour” tenía lugar el día en que se emitía el que fue, sin duda, el programa de televisión de nuestras vidas: Operación Triunfo.

Todo era merecedor de comentarios: Que si Juan Camus parecía un gato destripado, que si no soportábamos a Bustamante y a Bisbal porque nuestra preferida era Chenoa pese a parecernos una petarda sobrada, que si todos teníamos ocho amigas que cantaban mejor que Verónica, que si me pone más Javián que Alex, que si yo conozco a Naimh de la Universidad y es lo peor… Y, por encima de todos y tadas, Rosa. La Rosa de España.

Siempre Rosa. “Mequivocao, oleeeeeee”. Yo me identificaba mucho con ella por lo de la virginidad que les comenté antes. Rosita, la misma que te hace llorar con “Ausencia”, la que borda “Something”, la que llora desconsolada porque no la dejan comer pan y jamón, la que pesaba más de cien kilos pero se meneaba como nadie al son de “Vivir lo nuestro”, te regalaba la emocionante “Sueña” o se comía a todas en “It’s raining men”… Aquella a la que vestían con los terroríficos  #blusonesdegorda, que nos enseñó la importancia de la expresión “fragoneta de lo melocotone”, cuya familia había salido de la Andalucía profunda por primera vez para ver a la niña cantar en la tele, y que puso en el mapa para siempre el pueblo de Armilla.

Todo eso era Rosa. La reina de las desgracias era la favorita del público, de los millones de españoles que empatizábamos con su desdicha y alucinábamos con aquel feeling innato, aquella voz sobrenatural que ya salía vibrada desde las profundidades de sus entrañas, más propia de la rotunda negra lideresa de un coro de Iglesia de Nueva Orleans que de la veinteañera de Granada, que malamente regurgitaba algo parecido al español. Desde que su cara redonda asomó por la tele siempre supimos que ella ganaría Operación Triunfo, y que ella iría a Eurovisión.

Todo lo que vino detrás lo conocemos de sobra: La deliciosamente hortera “Europe’s living a Celebration”, el coro de compis de programa, la vuelta al revés de Geno y la audiencia estratosférica del festival celebrado en Tallin. El orgullo patrio, más herido que nunca con la entonces pobretona séptima posición, que hoy sería el mayor de los éxitos para una RTVE necesitada de crédito internacional y de respaldo de los seguidores del evento.

Dieciséis años pasaron, hubo un OT El Rencuentro, el concierto del Palau Sant Jordi más recordado por la cobra que por otra cosa -sí, querid@ amig@ eurofán, nuestra Laurita Corradini-Chenoa se muere todavía por David y no hay más que ver el video, circunstancia que no entiendo en una persona que ha estado liada con Alex González, pero allá ella-, y a alguien se le ocurrió en RTVE que era buena idea repescar el formato y, por qué no, utilizarlo para elegir a nuestro representante en Lisboa 2018. Brillante.

Es la mejor prueba de que en nuestra televisión pública alguien está muy perdido. Lo del programa del pasado lunes no tiene nombre. Qué cosa tan rancia y antigua, que voces tan normaluchas, qué cantantes con más poca personalidad y qué trasnochado todo. Y, encima, sigue sin haber nadie en esa cadena que sepa sonorizar en condiciones un programa en directo, algo que ya hemos sufrido repetidas veces en las galas de selección de la última década. Ya me lo decía una amiga: “Todos los que saben están en La Voz y en Tu Cara Me Suena”.

Porque claro, esa es otra, lo que fue el talent show más rompedor en aquellos primeros 2000 de Harry Potter con el pelo cortado tipo escupidera y el ladrillo-móvil Alcatel, hoy es un programa más. Y malo. Sólo destaca Mónica Naranjo, la que precisamente considera Eurovisión un coñazo. Gracias a sus ácidas (y muy acertadas) valoraciones y a esa actitud de diva venida arriba, aporta una nota de color entre tanta naftalina.

Y de ahí, de ese puñado de aspirantes a cantantes (lo de artista todavía les queda muy lejos) y su rollo graciosillo y un poco pueblerino, conscientes de que su paso por OT será recordado si logran encajar un buen clip en Youtube o unas menciones en Twitter, y poco más, se rumorea que tiene que salir la persona que intente superar el último puesto de Manel Navarro en Kiev 2017. Esa gran hazaña la tendrá fácil quien quiera que sea.

De momento es un rumor, pero cuando la jefa de la cosa en RTVE, Ana María Bordas, dice a mediados de año que están trabajando desde entonces en el sistema de selección, ustedes me dirán… Desde luego, no estaban escuchando centenares de maquetas para preparar un buen sistema de elección que permitiese concursar a cantantes consagrados y gente de la industria. Más bien estarían dando los últimos retoques al monstruo de Frankenstein que es el nuevo OT, nacido de un rizo de Nina, la saliva de Ángel Llácer, una pizca de Idaira y sesos de Pilar Tabares.

Ya sabemos hasta el día y la hora en que Albania, Malta, Dinamarca, Ucrania, Portugal y tantos otros van a celebrar sus finales nacionales, por no hablar de cada cita del Melodifestivalen, pero el nuestro es de los pocos países que no saben muy bien todavía lo que van a hacer.

Sólo sabemos que Operación Triunfo 2017 nos costará la friolera de 10 millones de euros, el doble de lo que cuesta la preselección sueca, y prácticamente lo mismo que se dejará la televisión portuguesa en montar todo el Festival de Eurovisión. Y eso que RTVE no quiere ganar para no aflojar pasta… Pues menos mal que no querías gastar dinero, hija, menos mal.

Lo decía nuestro presidente esta semana en Facebook, con mi alter ego Anna Vissi de ejemplo, y yo me uno a la pregunta: ¿Cuánto más tendremos que esperar para dejar de ver intrascendentes y tontas participaciones españolas en el festival? ¿Para cuándo un artista en condiciones?

Perdí mi tiempo lastimosamente el lunes viendo la primera de las galas. Yo, que paso total de La Voz, La Voz Kids, La Voz Abuelos, La Voz Superguay, La Voz Pellizquito, La Voz Monstro, Factor X, Got Talent y todos estos programas en los que todavía hacen creer a la gente que una carrera musical se construye en dos días, justamente yo, no sé en qué momento decidí que podía gustarme la Gala 0 de ese programa que no pienso volver a ver.

No se lo merecen.

La Columna de Alber-Vissión

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