LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “MOSQUITAS MUERTAS”

“La Historia de España contada para escépticos” es el primer libro del genial Juan Eslava Galán que cayó en mis manos. Su amplísima bibliografía comprende ya más de cincuenta obras, de estilo muy ligero, sencillo y nada pedante, entre las que destaca esta mordaz y documentada visión sobre la historia de la cursimente llamada Piel de Toro, éste, nuestro país, España.

El capítulo 42 del título que les indico (y recomiendo) nos acerca a detalles poco conocidos sobre la apasionante figura de Isabel La Católica, hoy popularizada gracias a la serie de Michelle Jenner. Sí, aquella tan suntuosa en la que RTVE se dejaba los euros alegremente, mientras alega que Eurovisión es un lujo costosísimo que no podemos organizar. Andaremos más tarde este camino.

Sostiene Juan Eslava que “a Isabel no le correspondía reinar, y por delante de ella, en el orden sucesorio, había dos personas: su medio hermano, Alfonso, y su sobrina Juana, la hija del rey, pero una poderosa facción nobiliaria empeñada en destronar al monarca apoyó la candidatura de Isabel y consiguió que el rey admitiera que su hija Juana era producto de las relaciones adúlteras entre la reina, su esposa, y el favorito Don Beltrán de la Cueva. Por eso la apodaron la Beltraneja. Al escéptico lector quizá le dé la impresión de que la mosquita muerta de Isabel se abrió paso sin reparar en medios. Probablemente no fue ella sola, sino el poderoso lobby nobiliario que apoyaba su candidatura.

Ignoro cuál es el origen de la frase, pero esas moscas que parecen haber fallecido víctimas de un zapatazo y yacen en el suelo patas arriba son las peores: Siguen vivas y vuelven a zumbar, obligándote a enrollar de nuevo el periódico y a perseguirlas. No debe uno fiarse.

Qué gracia me hizo en su momento leer la expresión referida a la todopoderosa y terca Isabel, la que financió a Cristóbal Colón y juró no cambiarse de camisa hasta no conquistar Granada. Menuda. Todo esto del lobby nobiliario y las luchas de poder para al trono de Castilla se erigen en perfecto símil del proceso de selección de nuestro representante en Eurovisión.

No es que Manel Navarro sea Isabelita, ni Mirela la Beltraneja, por mucho que no pocos eurofans -al más puro estilo de la realeza portuguesa de la época- la saquen a pasear cada vez que quieren aterrorizar a RTVE (la Corona de Castilla) con pretensiones sobre la legitimidad del sistema…

Bromas aparte (reitero, no soy Mirelatalifán, y si lo fuera tampoco cambia nada), las entrevistas recientes de un Manel abandonado a su suerte por la cadena que lo aupó, denostado por su antes colegui Xavi Martínez, y objeto de burla hasta en Supervivientes y Tu Cara No Me Suena, me hicieron recordar el episodio de la usurpadora Isabel como lo relataba Juan Eslava.

Reniega incluso de ‘Do It For Your Lover’, tema que escribió con 15 años. Si volviese a Eurovisión, parece, cambiaría de canción y haría las cosas de otro modo. Hasta quiere cambiar de peinado y usar otro estilismo, dejando las camisas de flores en lo más profundo del armario, cuando no quemándolas. Y eso que confiesa tener la agenda repleta de conciertos…

He leído que él mismo considera que lo vivido se asemeja al bullying, y se ve reflejado en un familiar suyo que lo sufrió en el cole. Es más, el entrevistador comenta que con 21 años estás todavía en los últimos coletazos de la adolescencia y que el linchamiento mediático que él está sufriendo le puede provocar un cuadro de estrés postraumático.

Y vuelta la mula al trigo. Ya se lo oímos a Barei y lo leímos en las redes sociales. Sin pretender revivir a la Inquisición, veo que en este proceso las mosquitas muertas (que, como buenas usurpadoras, nunca tendrán la conciencia tranquila) corren el riesgo de arder eternamente.

A alguien se le ocurrió un día que canción y artista eran ideales para este concurso donde no tengo que citar los méritos de las últimas propuestas que se han colado entre los cinco primeros lugares, perfectamente reconocibles para la mayoría. El punto de partida ya es erróneo, pero bueno, el sistema de preselección (y selección) seguido en estos lares permite que se cuelen John Cobra, el Chiki-Chiki, o aquella canción de los pollitos que compitió en 2009. El mismo que podría permitir participar en 2018 al dúo Las Bistecs. No hemos tenido suficiente, no.

Nadie dijo a semejantes demiurgos creadores que la idea era peor que mala. Superada la criba, se produce un giro insólito en el proceso de selección, y resulta ganador ante el estupor y los bufidos de una audiencia atónita que, a tres meses vista, se sabía última clasificada sin remedio.

El daño ya estaba hecho, pero en España no se recula nunca, y las decisiones erróneas no se solventan reconociendo el fallo y regresando al punto de partida para evitar males mayores. Ya se ha hecho en otros países donde, por decisión última de quienes gestionan realmente nuestra participación, se opta por cambiar la canción inicialmente escogida o directamente no presentarse. Se hace en Italia, en Malta, Bielorrusia… En 1982 la mismísima Melina Mercouri, por aquel tiempo Ministra de Cultura de Grecia, que de música y arte sabría lo suyo, decidió retirar la canción seleccionada por su baja calidad… ¡A quince días del Festival!

¿Bullying? Me abomina la ligereza y gratuidad con que se usan hoy en día términos como maltrato, bullying, violencia… No, querid@ amig@ eurofán, el artista merece respeto, pero a Eurovisión nadie va solo: detrás de ti hay una maquinaria formada por decenas de personas que saben perfectamente si algo tiene salida en el mercado, o si es adecuado para el fin propuesto.

¿Qué las redes sociales son crueles? Terriblemente, y no vendría mal revisar nuestra legislación para asegurar la defensa del honor y la integridad de las personas, pero hay que decir también que otros como Sergio Ramos, Cristiano Ronaldo, Mariano Rajoy, Pablo Iglesias, Leticia Sabater, o el Pequeño Nicolás, son tratados infinitamente peor a diario. No es justificable, pero esa crueldad la conocían ustedes antes de lo del gallo, ¿o es que descubrimos Twitter ese día?

Ya que hablábamos de Historia de España… Hay quien tiene la memoria corta y la lengua larga, y olvida que existieron el cero de Remedios Amaya, el citado Chiki-Chiki, el vestido de Lydia, el sinsentido de Patricia Kraus o de las Ketchup, por no hablar de El Sueño de Morfeo, Edurne, Zubiri… Nadie recordó mientras se cocinaba la candidatura, primero a la selección nacional, y luego al Festival, lo que ocurre cada vez que se mira a Eurovisión con altanería: se convierte en el pozo donde acabas ahogando tu carrera musical. Incluso aquellas que quedan bien o medio bien, llámense Pastora, Ruth, Rosa o Beth, pasan por el implacable veredicto de la audiencia.

Las mosquitas muertas se terminaron. Aquí todos sabíamos lo que iba a pasar desde el minuto uno, por más que muchos miren para otro lado a cambio, vete a saber, de una hipotética acreditación o un pase de prensa. Todos: eurofans, espectadores y, ante todo, contribuyentes.

Como contribuyentes tenemos derecho a opinar sobre lo bien o mal invertido que está el dinero de nuestra televisión pública. Como espectadores podemos decir si algo no nos gusta, que para eso usted ha decidido exponerse al juicio mediático. Y, como eurofans, tenemos casi la obligación de recordar que ya está bien de experimentar con lo que en otros países se trabaja con seriedad. Si nos dedicamos a pasar página sobre estos oscuros días de 2017, el año que viene volveremos a mirar con envidia a suecos, italianos y belgas desde el mismo puesto 26.

Un ruego y un consejo. Dejemos lo del bullying, por favor, un respeto a quienes lo hemos sufrido, y a quienes lo sufren (y gratis). Y búsquese usted un jefe de prensa en condiciones: le urge.

La Columna de Alber-Vissión

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