LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “MIRELA A EUROVISIÓN”

Si usted, querid@ amig@ eurofán, no ha estado todavía en un Festival de Eurovisión, no lo dude y vaya. No solo es vivir un concierto de dos horas y pico con las canciones que llevas meses oyendo y las puestas en escena, la emoción de las votaciones y todo ese ambiente que ves en tu casa cada año mientras babeas delante de la tele con cara de simplón. Es un delicioso orgasmo de una semana, gozando con todo aquello que es tu razón de vivir.

A uno se le olvida que Kyiv es una ciudad enorme de casi tres millones de habitantes, entre las diez más pobladas de Europa, y que Ucrania, octavo país del mundo en número de turistas, con sus gasoductos, sus bosques, su agricultura y sus aviones Antonov, está más que capacitada para organizar un evento de estas características.

Una calle cortada para acoger el Eurovillage, que es como una pequeña Expo monográfica, con escenarios, fan-zone, patrocinadores, comida internacional, cerveza de aquella ucraniana buenísima… De todo para ser felices. Luego estaban los taxis que subían de precio por día, y los organizadores del Euroclub, que supieron ver sus carencias y corregirlas rápidamente, surtiendo de cervezas las neveras y organizando de la noche a la mañana un guardarropa.

El Festival cambia por completo las ciudades que lo acogen. Se vendieron imanes de nevera, matrioskas, las horrendas diademas de flores y aquellas camisas con bordados horteras, como nunca antes. Porque allí estábamos los eurofans, deseosos, ávidos por consumir y dejarnos nuestros euros en sus restaurantes y sus cafeterías, en sus pubs clandestinos y en sus hoteles… Como años atrás ya lo hicimos en las carísimas Estocolmo y Viena, y como lo haremos en poco menos de doce meses en la romántica Lisboa.

Que se dejen de monsergas en la RTP, que Eurovisión será en Lisboa, que es de las pocas grandes capitales europeas, seguramente junto con Budapest, Berlín y Praga, que todavía no ha acogido Eurovisión.

Leía el otro día que los beneficios que ha dejado a Kyiv la celebración del Festival han podido superar los cinco millones de euros, seguramente mucho mayores si tenemos en cuenta la cantidad de economía sumergida que siempre se mueve. Empresas de cerrajería y carpinterías, traductores, catering, distribuidores de bebidas… Todos los sectores se benefician durante casi un mes de un evento solo comparable a la final del Mundial de Fútbol. La imagen del país sale favorecida, y encima le mojas la oreja a Rusia, de la que ni nos acordamos durante quince días.

Entonces, ¿Por qué a España no le interesa? ¿Por qué no organizamos Eurovisión y recordamos al turista y al inversor lo enrollados que somos y los encantos de cualquiera de las grandes ciudades españolas? ¿No tenemos empresas de toda índole que estarían encantadas de participar y hacerse el negociete? ¿Y lo bien que le vendría esta publicidad a RTVE, que estaría un mes muy por delante de sus competidoras en todos los aspectos?

En uno de los interesantes artículos que dejó la resaca posterior al festival, alguien escribía inteligentemente que la cacareada “Marca España” es arrastrada, pisoteada y escupiteada cada año en el programa de televisión más potente del mundo. Y yo añado: Lo peor es que esa nefasta impresión la dejamos por las erráticas decisiones de nuestra televisión pública. Las cabezas pensantes del departamento competente de RTVE consienten, es más, potencian, que las cinco letras que forman el “SPAIN” sean destruidas delante de todo el mundo, con participaciones que no se radiarían jamás si la discográfica no pusiese dinero sobre la mesa.

Y eso que he percibido este año cómo las opiniones del espectador medio de nuestro país cada vez son más positivas hacia Eurovisión. Se valora el derroche de luz y sonido, la creatividad de muchas propuestas, las voces… Cada país tiene algo, salvo el nuestro. Ya no te hablan de que Eurovisión sea algo casposo, sino que cunde el verdadero trasfondo del asunto: La única caspa que hay en tres horas y pico de gran show televisado la aportamos nosotros.

Y es una cuestión de lógica aplastante, señores (y señoras): Lo mismo nos cuesta a los contribuyentes poner en Ucrania a artistas que nos vayan a dejar en buen lugar, que hacer el bobo como venimos haciendo durante dos décadas. Desde 1995 no entramos entre los cinco primeros lugares, y en ese tiempo, solo dos sextos puestos, un séptimo, un octavo y tres décimos. Un resultado miserable para una industria musical y una cultura amplísima como la nuestra, capaz de exportar un lenguaje musical propio, adorado internacionalmente.

¿La solución pasa por llevar a Marta Sánchez, David Bisbal y Mónica Naranjo? Rotundamente, no. El búlgaro, la belga y el portugués estuvieron siempre entre los favoritos y cumplieron con lo esperado, sin ser estrellas en sus países. Quienes los eligieron dieron con la tecla exacta, y eso solo se consigue intentando hacer las cosas bien, con una preselección o unos criterios estables, y cumpliendo mínimos parámetros de calidad tanto en las canciones como en las puestas en escena que se inventan.

Acabado el festival, nos despertamos a la realidad que había tocado a nuestra puerta durante los tres meses previos al Festival, desde que a alguien se le ocurrió que Manel Navarro y “Do it for your lover” fueron alguna vez una buena idea, y tenemos que asistir a una exhibición nula de autocrítica. Aquí no ha pasado nada, nos vamos dignamente para nuestra casa y adiós. ¿Cómo? ¿Qué las redes sociales de RTVE se mofan del cantante? ¿Qué él mismo dice en sus entrevistas que “yo no hubiese concursado con esta canción”? La autocrítica es muy saludable, y pensar que todo lo nuestro es bueno y que los demás son malos es el peor de los errores.

Aquí nadie odia a España. Pregunte usted a la señora de Montenegro que votó por Salvador Sobral si sabría poner Lisboa en un mapa. Le gustó y punto. Cosa que no ocurrió con nuestro país. Y no será porque no se estudie español por el mundo, y porque la cultura, el arte y el deporte de nuestro país no sean admirados. ¿La diáspora? ¿Los emigrantes búlgaros? ¿Voto vecinal? No me hagan reir, que nuestros únicos cinco puntos pobretones nos los dio Portugal…

Después de la victoria de “Amar Pelos Dois” va a resultar demasiado obvio llevar a Eurovisión a Falete, Pablo Alborán, Pasión Vega o Diana Navarro, un acierto dos o tres años atrás.

Me siento en un bucle espacio-temporal, diciendo la misma cansina obviedad cada año: Toca que en RTVE piensen de forma constructiva y seria, dando forma a una candidatura ganadora de la mano de quienes saben de esto en la industria, no necesariamente eurofans, y valoren qué les gustaría escuchar si fuesen moldavos o finlandeses. Trabajen sobre lo que significa un término que ha sido ajeno a muchas presencias españolas de los últimos quince años: Calidad.

Y bueno, ya que la quintaescencia del fanatismo eurodramático español es destrozarte la glotis gritando “Mirela a Eurovisión”, pienso que RTVE debería dejarse de Operación Triunfo y de historias y decirnos un día: Miren, ya que tanto lo piden, hemos decidido que vamos a hacerles caso y la selección española va a titularse “Mirela a Eurovisión”; hemos encargado cinco temazos a cinco grandes compositores y elegiremos el que mejor le vaya a la muchacha.

Valga como estándar, y pongan Brequette o a la eurodiva que prefieran. Sería un cachondo guiño de RTVE al eurodrama anual… Aunque yo prefiero a Falete. ¿Y si Falete viene?

La Columna de Alber-Vissión

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