LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “LO MALO O EL EFECTO ROCK-ME”

Lausanne, 1989. Suiza acogía Eurovisión gracias a la apuradísima victoria el año anterior de una canadiense narizotas y ridículamente vestida, una tal Céline Dion. “Ne partes pas sans moi” es la última composición en francés que ha ganado el Festival. Tema romántico, intenso y perfectamente construido, que recogía el testigo de otra potente balada, el “Hold me now” de Johnny Logan.

La ganadora marca tendencia, y Europa se contagia de amor y nostalgia, almíbar, melosidad edulcorada, empalague, tapetes de chantilly, Isabel Gemio con la rosa… Por el escenario helvético van desfilando la impresionante Anna Oxa y Fausto Leali, los angelicales Gili & Galit –se prohibieron los niños desde entonces-, los cursis irlandeses, Justine Palmelay haciéndose un Manel Navarro, un señor inglés calvo con coleta rabo de cerdo (hoy ya los calvos nos rapamos y tenemos rollo sexy y castigador) que quedó segundo, una azafata de aviación noruega, la apoteósica y gratificante presencia de los melenudos Tommy Nilsson y Thomas Forstner, una noruega mayorcita de buen ver cantando a las mariposas en el estómago, las también melenudas francesa y española (nuestra Nina, con sus catorce cursis lacitos que me molesté en contar), los muñecos de tarta de boda chipriotas, Suiza, Grecia, Islandia, Alemania…

  • Nos tienen hasta el mismísimo con tanto amor! -gritaron los jurados de toda Europa después de veintiún invitaciones al romanticismo.
  • ¿No os vale con nuestra canción? – respondieron los turcos.
  • ¡No nos gusta! ¡Penúltima! – coreó el continente.
  • Os mandamos una rubia de bote con pamela cantando una loa a nuestros descubridores – apuntaron desde Portugal.
  • ¡Antes la muerte! – aullaron los otros veintiuno.
  • O ganamos por sexta vez o nos piramos – refunfuñaron en Luxemburgo.
  • Hasta nunki – se escuchó.

Discutiendo estaban cuando llegó Riva, un grupo de desenfadados croatas representando a la todavía unificada Yugoslavia y aportaron tres minutos de baile y diversión. La simplona “Rock Me”, derrotó por siete puntos al calvo inglés y su banda, y a una decena de canciones que reunían muchos más méritos para ganar, incluidos mitos eurovisivos como “Avrei Voluto”, “En Dag” o la mismísima “Nacida para amar”.

“Es la muerte del festival”, sentenció el mítico comentarista de la BBC, Terry Wogan, herido en lo más profundo después de una humillante derrota más. Ignoraba los años de sequía y últimos lugares que esperarían al Reino Unido.

La vocalista, Emilia Kokic, vestida por Esmeraldita la de la telenovela venezolana, a punto estuvo incluso de caerse de culo. Simplón bailecito estilo Poti al unísono con sus compañeros que, incomprensiblemente, le produce una terrible asfixia desde el segundo inicial y hace que las primeras cinco notas ya las dé fuera de tono. Con todo, ella se viene arriba y termina pletórica, interactuando con todos menos con la sosísima corista, que aporrea de perfil uno de aquellos organillos dobles marca Yamaha.

En los últimos estertores del ochenterismo, Riva tocó la gloria por un hecho innegable: Regalaron al respetable tonta diversión y se diferenciaron del resto.

Yo lo llamo el efecto Rock-me y preveo que en 2018 vamos a revivirlo.

Es un poco iluso pensar que una melodía romántica más pueda destacar entre otras treinta y cinco presentadas con idéntica intención de emular lo sucedido en 2017, sólo porque Salvador Sobral se llevó a la gente de calle con su sencillez.

Lo mismo triunfamos, pero con “Tu canción” es muy posible que España haya caído en esa inercia y podamos pegarnos el hostión el mismo año en que a todo el mundo le ha dado por lo mismo, y no hay más que escuchar la inmensa mayoría de las canciones hasta la fecha.

Puede darse, y sólo digo que puede darse, que de repente surja una petarda y absurda cancioncita pegadiza que destaque entre tanta solemne baladera. Entonces recordaremos todo “Lo malo” que hemos dejado atrás.

¿Qué tiene de malo lo petardo? Me invitaba hace unas semanas nuestro Lucas, secretario de OGAE España, a escribir algo sobre las grandes petardas de la historia de Eurovisión. “Guilty pleasures”, los llaman. Y yo cojo el guante, pero es que son tantas y tan variopintas, presentes entre nosotros desde que el mundo es mundo… He escogido unas pocas solamente.

  1. Muriel Day – The wages of love(Pa fallera yo)

Laurita Valenzuela anuncia a Irlanda y se adueñan del Teatro Real de Madrid tres falleras mayores bien refajadas, forradas de arriba abajo, con las ensaimadas en la oreja tipo Dama de Elche, muy a tono con la medieval y casta España. Bravo por ellas. Pero no, es un espejismo. En el ecuador del escenario, dándole vueltas al micro como loca, toma el mando rápidamente una felicísima Muriel, contoneándose en su vaporoso vestidito minifaldero de un chillón color que, como soy daltónico, no sé muy bien si es verde o naranja, con un brillor muy llamativo a modo de corbata. Ya sólo tenemos ojos y oídos para ella. Imposible no contagiarse del buen rollo y cancaneo que desprende esta actuación, con su aire a lo Barbra Streissand en moreno y esa sonrisa inagotable. La orquesta suena desenfadada, con maravillosos vientos, y ella se sale de plano unas cuantas veces, como poseída por el disco inferno. Una actuación memorable que ignoro por qué no empató en primer lugar con las otras cuatro que ganaron… Total, una más.

  1. Nicole & Hugo – Baby, baby (Bebe bebé)

Con letras de oro, estrella vip y grandes neones irrumpe en el universo del petardeo la mejor aportación de Bélgica a la historia de Eurovisión. Qué Sandra Kim ni Sandra Kim… Nicole y Hugo sí que nos representan. Tres Duquesas de Alba y una cuarta señora con el pelo imperdonablemente planchado reciben en escena al dúo, que entra con paso firme, ataviados con sus imposibles monos acampanados de otro color que no sabría definir (ya he dicho soy daltónico) pero él, feo que asusta, comete el garrafal error de mirar hacia el suelo y encorvarse nada más empezar, síntoma inequívoco de que padece un pánico escénico terrible y que no las tiene todas consigo. Versionan con gran acierto el bailecito de Muriel Day con movimientos como espasmódicos sobre esas botas de taconazo alto y plataformón que deseo para mí. Esas canciones con el “te quiero” en todos los idiomas posibles son terroríficas y suenan a compuestas en cinco minutos sobre una servilleta del bar más cercano, pero qué más da, son fantásticos. Años después recibirían merecido homenaje en el 50 Aniversario del Festival, donde volverían a lucir tipazo enfundados en sus licras.

  1. Anne-Karine Strøm – Mata Hari (Mátame camión)

Creo que me sé esta actuación de memoria. Sería capaz de interpretar cada movimiento de la grandiosa Anne-Karine, precursora de otra petarda incorregible como Valentina Monetta, que participó en seis ocasiones consecutivas en la selección noruega para Eurovisión, clasificándose en tres de ellas, una con su grupo de entonces, en 1973, y las otras dos en 1974 y 1976, en ambos casos con el dudoso honor de haber cerrado la clasificación. Esto debió desalentar a la muchacha, que no volvió a intentarlo nunca más. Comparece en La Haya vestida como de sardineta brillante, con amplísimas campanas, presumiendo de curvas y melenón. Completa su atuendo con enormes gafas repletas de brillor infinito, que se quita coquetona a la vez que las coristas del fondo, que de nuevo son tres y muy sobriamente vestidas, como toca a toda segundona de una gran diva de la categoría. Ella berrea convencidísima a pesar de su evidente desvencije vocal, juguetea con la cámara y hasta se viene arriba en plan señora de la canción. Si esto lo llega a cantar Donna Summer hoy sería un éxito mundial, pero a la buena de Anne-Karine le vale sólo un inmerecido último lugar. Pobre.

  1. Anne-Marie B. – Frère Jacques (Empitonada)

Ignoro si los medios de comunicación franceses de la época se hicieron eco de algún duelo en la cumbre entre Marie Myriam y Anne-Marie B. en el Festival de 1977. La primera ingresó en el Olimpo de los dioses gracias a la que es la última victoria gala en el certamen, y la segunda quedó relegada al papel de petarda oficial del año, representando a Luxemburgo, encima. Frère Jacques es una conocida canción de cuna que la atrevida Anne-Marie convirtió en un hit disco. Con un estilismo a lo María Magdalena y pelazo salvaje, guapa a rabiar, Anne-Marie utiliza el doble sentido y nos cuenta sus escarceos con la pandilla de colegas de Jacques, que debe ser un señor muy cornudo y al que termina rogándole que se venga a dormir con ella. Los jurados europeos fueron severísimos con la díscola muchacha, que entabla una química brutal con la cámara, y la castigaron con el antepenúltimo lugar, a pesar de sus coristas vestidas de machote y de la brillante labor de la orquesta. Debió ser porque no se percataron del evidente empitonamiento de la muchacha y de que hubo actuaciones muchísimo peores.

  1. Sheeba – Horoscopes (Drags)

Irlanda ha ganado siete veces con esas pasteladas repetitivas. Vale, vale, sé que son grandes canciones, pero puestos a ponerse petardos, nadie gana al pueblo irlandés, como han demostrado en infinidad de ocasiones. Un ejemplo es el decepcionante quinto puesto del trío de buenorras Sheeba, que competían en casa y que cantaron juntas lo justito. Debían de llevarse muy mal, porque no interactúan nada entre ellas, cuajadas como van de pedrería glitter de arriba a abajo, con unos favorecedores maíllots que serían la envidia de toda drag carnavalera. Nada de magreos ni bailes innecesarios: Las Sheeba son divas, querid@ amig@ eurofán, ellas no se miran ni por el rabillo del ojo hasta bien avanzada la canción. Sólo por regalarnos esta actuación merecerían estar en todos los recopilatorios de Eurovisión, que recupera también el bailecito chuminero de Muriel la del año 1969, que nos demuestra que Poti jamás inventó nada. Todo nació en Irlanda, incluido el grandísimo Noel Kelehan, director de orquesta de honor de Eurovisión.

  1. Sweet Dreams – I’mnevergiving up (Puesta a punto)

Los años ochenta. Qué década tan fundamental para el mundo en general y para Eurovisión en particular… Los colores flúor, los calentadores con tacones, esos pelos bien requemados y luego cardados, las mallas de ciclista, ese todo vale y que se note bien. Mucho antes de que Jane Fonda pusiera al mundo a hacer aeróbic de la misma manera que nuestra Eva Nasarre, el Reino Unido ya nos mostró el camino de la verdad en Eurovisión 1983. Sweet Dreams es un desenfadado trío vocal con el que los británicos dan una vuelta de tuerca a la actuación de BucksFizz que les valió el triunfo en 1981, y que también es para echarle de comer aparte. El organillo inicial ya nos pone los pelos de punta y anticipa la maravilla posterior. Ellos comparecen sentados en unas butacas de bar, como durmientes, único momento de descanso en tres minutos de alegría de vivir y verdadero festín de movimientos de caderas, confeti y divertidas flautitas en una trepidante orquestación que nos lleva a un último tramo de éxtasis. Los micrófonos inalámbricos ya eran una realidad y ellos lo aprovechan espatarrados por el suelo, lanzándose desde la silla… La competencia fue dura aquella noche y sólo pudieron alcanzar un sexto lugar. No me explico cómo la aburrida Hermes pudo ganarles a ellos, a Ofra Hazza, Carola, Danijel, Ricardo Fogli, Ami Aspelund… y nuestra Remedios Amaya. Qué remedio.

  1. Izhar Cohen – Olé, olé (Muerta Sánchez me quedo)

Lo de Abanibi fue una revelación mundial, de acuerdo, pero no me negarán que la segunda participación de nuestro Izhar en Eurovisión es todo lo que necesitamos de Israel. Sería injustísimo excluir a este ejemplo del rizadillo futbolista chamuscado y las hombreras de jugador de rugby, que se marca tres minutos de vibrante exhibición vocal para deleite de todos, acompañado por unas carreras frenéticas por el escenario que ya quisiera la amiga Soraya. ¿El aeróbic de los Sweet Dreams? Superadísimo, hombre. Dónde vas a parar. Lo de los coristas y bailarines versionando las fichas del grupo Parchís que los niños de los Ochenta recordarán es merecedor de todo elogio, con sus faldas de vuelo y seductoras miradas a la cámara. Eso sí, en la primera entrada del coro ya me destruyen a Izhar, muy especialmente la sonriente rubia de peinado Encarna Sánchez, que imprime tales golpes de carácter que el micro de solapa acaba volando por los aires. El desafine y el griterío es tan descomunal que la estrella, que había entrado triunfal y de inmaculado blanco (el dado) al más puro estilo Georgie Dann, tiene que cantarse la canción completa encima de los coros para evitar el naufragio. Él solito lleva el barco a buen puerto y el puesto cinco termina sabiéndonos a poco. Si la rubia se hubiese callado… Obligado momento Israel de interacción coro-cantante que llevamos viendo durante décadas y apoteósico final que nos deja ganas de tres minutos más.

  1. Marcha – Rechtop in de wind (Culo al aire)

Otra actuación que me sé de memoria. El quinto lugar de los Países Bajos en el festival celebrado en Bruselas figura entre las grandes injusticias de la historia de la Humanidad. La protagonista incuestionable es Marcha, rubísima, ochenterísima, leonina, cima del lujo, con las mayores hombreras y tupé de todos los tiempos y un estilismo que Linda Evans -la de Dinastía- hubiese matado por llevar. Hay que remarcar a mis mayores ídolos en esta vida, las dos coristas/teclistas, capaces de marcarse un baile elegantísimo y abandonar sus instrumentos, que obviamente siguen sonando y, desde luego, los toques de carácter de la grandísima Marcha, pletórica a mitad de la canción, milimétricamente estudiados y cuadrados con la música, que nos llevan al paroxismo. Ya se iba viendo que el playback era el futuro del festival, pese a que la sección de metal y unos acertados violines son los que nos llevan a ese álgido momento coreográfico a 30 segundos del final. Incomprensiblemente no estuvo ni siquiera cerca de la victoria final en un certamen donde sólo la presentadora pudo brillar más: Una increíble Viktor Lazslo que pasa por ser una de las mejores conductoras que ha tenido Eurovisión en seis décadas de trayectoria.

Ninguna de estas canciones protagonizó el efecto Rock-Me, por lo que la teoría no es muy exacta… Pero claro, aquellos años hubo más variedad de estilos que en los planos 89 y 18.

Hay más petardas y petardos, pero no puede uno estar tejiendo tanto tiempo. Les emplazo a revisitar en próximas entregas a los de los 90 en adelante. Y permitan que me despida aprovechando estas líneas para dar la bienvenida a su casa a mi querido Juanma, autor de la Columna de la Paka. Gracias siempre por volver. Lo malo sería que no volvieras.

La Columna de Alber-Vissión

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