LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “FAST FOOD MUSIC”

“Vivimos en un mundo en el que se consume música fast food totalmente hueca y sin contenido. Creo que mi victoria puede significar mucho para gente que hace y escucha música con un mensaje claro: La música no son fuegos artificiales, la música son sentimientos. Deberíamos cambiar esto y devolver el valor que merece”.

La dulce voz lusa de Salvador Sobral sonó atronadora y removió los cimientos del International Exhibition Center de Kiev, apenas unos segundos después de haber conquistado el Festival de Eurovisión. “Amar pelos dois” es una canción sencilla, delicada e íntima, escrita en portugués y, por ello, inaccesible en cuanto a musicalidad e idioma para un 90% de los corazones conmovidos que la votaron el pasado sábado. Algo tendría cuando fue respaldada por países que de Portugal conocen, con suerte, a Cristiano Ronaldo. “¡¡¡Siiiiiiii!!!”, gritaría él.

Me cuenta una persona muy cercana que estuvo el pasado año en el Algarve, en la inauguración de una villita que había comprado una íntima amiga, convertida hoy en un lujoso hotelito de esos que hermosean el sur de Portugal. Allí, entre canapés, vino de Oporto y sesenta y ocho formas distintas de preparar el bacalao, hubo ocasión para disfrutar de buena música. Una pianista y un desgarbado cantante comenzaban a desgranar pedazos de una vida a golpe de jazz y aires de fado con aromas a Brasil. Se llamaban Luisa y Salvador Sobral.

De qué manera se quedarían en el corazón de mi amiga, que reconoció perfectamente voz y melodía cuando, semanas atrás, puse en mi perfil de Facebook el enlace de la canción que presentaban a Eurovisión. Vete a saber si también sonó en aquella casona del Algarve…

Pero este es un mundo muy ingrato, querid@ amig@ eurofan. El prestigio es como el sabroso coco de las palmeras del Caribe: años y años de espera hasta que nace y crece la esbelta arecácea, pero el día menos pensado su fruto cae al suelo, a plomo y sin remedio.

Como sintiéndose aludido por las palabras de Sobral, el sueco Robin Bengtsson ya se ha apresurado a decir que, si bien le traslada su felicitación por la merecida victoria, que tenga en cuenta que toda la música es válida en su tiempo y su lugar, y que, como hubiese dicho una amiga mía: “Alber, perdón, Salvador, estuviste muy desacertado con lo de la música fast food”.

Vaya, vaya… Aquí el amigo, sintiéndose aludido. Supongo que él se veía ganador con su émula de Justin Timberlake, compuesta en 20 minutos, y quiso justificar los motivos por los cuales no ha sido capaz de sumar la ansiada séptima corona para la tierra del schlager, a pesar de haberse dejado los piños ensayando el Vogue sobre la cinta andadora.

Robin, ya lo hemos dicho alguna vez, tiene pinta de muy mal perder. A mí no me engaña, esas cosas se notan en la respiración y hasta en la mirada. Le dio un buen revolcón a Loreen y a toda la caterva de melodifestivaleros que se preparan para el gran momento toda una vida igual que lo hacen Miss Zulia, Miss Táchira y Miss Territorio Federal Amazonas para el Miss Venezuela, pero se le han debido haber hecho eternos estos dos meses y medio de favoritismo del italiano con la mona y el bailecito, y encima se une el perroflauta portugués… Demasiado para su corazoncito y sus oídos entrenados en la disciplina de Carola y la Perrelli.

Pero… Oh, cielos, ahora es el rumano el que sale a la palestra. Que sí, bueno, que la canción de Portugal está chula, pero que se han dedicado a dar pena y a decir que está chunguillo del corazón, que sin eso jamás hubiesen ganado. Ah, y que lo de la dolencia cardiaca es una trola, que lo que él tiene es una enfermedad mental.

A ver, Alex… Lo primero de todo: Nadie debería salir a cantar en camiseta de tirantes cuando tiene los típicos brazos blancuzcos modelo pulpito, porque es francamente desagradable y difícil de mirar. Si no eres Imri (❤) el israelí, ponte la chaqueta del chándal al menos. Continuemos con la canción: Claro que nos lo pasamos bien todos con el Yodeley, querido, imitamos tu bailecito y el de tu minifaldera amiga, y hasta intentamos emular tu sentido homenaje a la banda sonora de Heidi, pero recuerda siempre que diversión y horrorosidad también pueden ir de la mano y, en este caso concreto, van.

No hubo canción más tontamente compuesta, ni arreglos más simples, ni baile más ridi, ni desde luego mayores deficiencias vocales que las exhibidas por los rumanos el pasado sábado, pero divirtieron a Europa, que es de lo que se trata, y se llevaron su Top10. Nada que objetar, a excepción de que otros cantantes con décadas de estudio encima y con carreras musicales en condiciones, se tuvieron que conformar con ver la final desde la grada, en el mejor de los casos, o incluso desde sus casas. El colmo de la desfachatez.

Claro que Portugal jugó bien sus bazas: La sencillez y el innegable interés mediático de un músico de verdad que reconoce sus escarceos -cuando no idilios- con las drogas y sus relaciones bisexuales, y que encima tiene que pasar revisiones periódicas por sus dolencias, las que quiera que sean. Pero… ¿Acaso Jamala jugaba sola el año pasado?

Venía de un país asediado por Rusia, con una composición con claro componente político, y se encargaron de narrar a los cuatro vientos que la canción se la dedicaba a la desgracia de su familia, parte de los miles de tártaros deportados por los rusos desde Crimea, y el duro abandono del cadáver de su bisabuela como si fuera basura desde un camión en marcha. La interpretación desgarrada y el inolvidable juego de luces solamente remataron una jugada maestra que se llevaba cocinando muchos meses.

Pero lo mismo podemos decir del conveniente alegato de “Heroes” contra el Bullying, o la lucha por las libertades de Conchita y Dana International. Hay que entender Eurovisión como un fenómeno global en el que las redes sociales sirven para mucho más de lo que creemos, y donde cada mensaje cala y cuenta. ¿Qué tuvieron en común todos ellos, además del vestido de Massiel, el patinador y el Stradivarius de Dima Bilan, las odaliscas de Sertab, o la cándida niñez de Sandra Kim? ¿Se parecen en algo el empanamiento de Sobral, los monstruos de Lordi, la descalza Sandy Shaw y el inocente striptease de Marie-N? Destacaron. Solo eso, destacaron.

Irán saliendo más malos perdedores como el rumano o el sueco, incapaces de reconocer que les ha derrotado el mejor, y que si el vencedor final ha dicho lo del “fast food music” seguramente no se refería a canciones concretas de esta edición de Eurovisión, ni al rumano ni al sueco, sino al patético estado actual de la música en el planeta Tierra, donde gente como Rihanna o Katy Perry estafan al mundo y llenan estadios sin dar una nota a derechas, y donde el hortera reguetón, homófobo y sexista, es el ritmo de moda.

Ocurre que mientras los 41 rivales de los hermanos Sobral tuvieron que ensayar veinte veces en el stage, él tan solo necesitó cantar, y donde la gran mayoría de ellos tienen a Justin Bieber o Abraham Mateo como modelo, el portugués cita al trompetista maldito, Chet Baker, que acabó sus días tirándose por una ventana tras su último encuentro con la heroína y la cocaína en un hotel de Ámsterdam, ocho años después de que Maggie McNeal la inmortalizase en su recordada letra, vestigio de unos tiempos en que vivíamos ajenos al actual “fast food”.

Es un hecho que en Eurovisión necesitamos canciones divertidas, pero por favor, Yodeley del Carmen: No hace falta que horrorosidad y diversión vayan de la mano.

La Columna de Alber-Vissión

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