LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: “¿DIMISIÓN? OBRIGADA, NÃO”

Por estos días cumplo 36 años como eurofan, los que me separan de mi primer recuerdo del festival, aquel vídeo de Lucía a caballo promocionando su canción para la cita de Harrogate. Tal vez por eso, y también como contribuyente, me siento con una pequeñita, chiquitita, autoridad que me lleva a pedir la dimisión en pleno de la delegación que de forma tan nefasta ha dirigido el barco español a la deriva un año más. “Obrigada, não”, sería la respuesta.

Porque yo no siento que bailo por primera vez. Yo siento que soy ninguneado por enésima vez. Se ha creado una expectativa absurda e irreal en la sociedad española que no se corresponde con la realidad de la candidatura de Alfred y Amaia. Nadie en Lisboa los tuvo jamás como favoritos y los medios especializados desconocían todo sobre ellos. Lo peor es que no estaban ni interesados en esa historia de amor que cimentó el desastroso edificio que se desmoronó en directo ante una audiencia mundial millonaria con un nuevo puesto vergonzoso y vergonzante, en esta ocasión el 23 de 26.

Hasta el país más pequeño imaginable mima al detalle la imagen que va a ofrecer en semejante escaparate internacional. A las estructuras desmontables y llenas de luz de Finlandia, Reino Unido, Suecia y Australia se unen la inmensa pantalla de Alemania, el gigantesco ovni de Austria y el derroche de fuego, coreografía y efectos de Chipre, Israel y Hungría. Nosotros tenemos la promesa de Tinet Rubira de que teníamos prevista una estrella fugaz que cruzaba el firmamento (stage) como símbolo del amor… Y que no se pudo realizar. Ya.

De por sí la idea es bien pobre, una estrella fugaz, guau. Pero lo que insulta mi inteligencia es que este señor, supuestamente responsable de la creatividad de nuestra candidatura diga que no se pudo hacer por falta de infraestructura. Que había que tender un cable y no se podía. ¿O sea que los húngaros, por ejemplo, se montan un concierto heavy con fuegos artificiales y usted no puede hacer que una estrella surque el pabellón? Por no hablar de los efectos digitales de Noruega, Bielorrusia,  Chipre… Nada más que decir.

Lo mejor es que el señor Tinet abandona el barco, menosprecia a los eurofans, dice que ya escribirá un libro sobre su horrible experiencia y que no contemos más con él. Dos preguntas: ¿Devolverá usted sus emolumentos? ¿Ha pensado en pedir disculpas, entre otras cosas por su manifiesta incompetencia y soberbia?

Encima se permitió el lujo de decir que Lisboa no respiraba Eurovisión… Se ve que no paseó por las calles empapeladas con la imagen gráfica del festival, los centenares, miles de fans, las vías cortadas, los restaurantes llenos… ¿Y los españoles? A puñados los había. El domingo me enterneció un bus repleto de abuelas de Madrid que iban a apoyar a sus representantes. Felices estaban con sus banderas y sus cantos, aunque ninguna de ellas tenía entradas. Una de ellas podría ser mi madre, ilusionada quizás. A ella también le ha faltado el respeto con la pobreza de esa canción y esa propuesta escénica. No le echaremos de menos, créame.

Sí, la canción de España era floja. Probablemente una de las más flojas de una edición potente y con una gran variedad de estilos. Ninguna de las nueve preseleccionadas estaba a la altura del concurso, y si lo hubiese estado, nadie nos garantiza que la pésima puesta en escena y la gestión que se hace del conjunto de la candidatura hubiesen ayudado a un buen resultado. Cuesta creer que nadie presentase algo comparable a Fuego, Toy, Bones, A Matter of Time… Algo que nos distinguiera como se distinguió la ganadora.

Lo mismo es que Operación Triunfo sirve como fenómeno fan y formato televisivo, pero no es útil para participar en un concurso al que se acude a exhibir lo mejor que tienes en tu país.
La voz y carisma de Amaia es lo único que no se puede opacar. Ese ángel, esa presencia, esos estudios… Es un diamante que no hemos podido lucir. Alfred, sin ser mi opción preferida, es un talentoso músico y compositor con una carrera por delante, si bien no es la persona idónea para Eurovisión, al menos por ahora.

¿Cómo cometemos el crimen de poner a estos dos chicos semejante canción y derroche de mojigatería, cuando hemos visto a Amaia en tres o cuatro registros mucho más competitivos para Eurovisión, como su “Love on the brain” o el “Shake it out” o “Miedo”? Les recuerdo que Austria tiró de ese talento con una canción que le iba al solista a medida y ganó el voto del jurado…

Y allí estaba yo, al pie de la Green Room del Altice Arena de Lisboa, inmerso en un rebaño que solo deseaba que alguien de la delegación de España moviera un dedo… Me da mucha vergüenza ajena, porque yo no me identifico nada con el rollo grupie y fanático, pero entiendo perfectamente lo que sucede.

España es pasional. Nosotros no admiramos a un cantante, a un torero o un futbolista. Eso no va con el carácter español. Lo que buscamos es ser su mejor amigo, hacerle la depilación brasileña y limpiarle las comisuras de la boca. No nos basta con una foto, necesitamos dos o tres diarias. Tenemos que demostrar que somos parte de la ruidosa, la excesiva y un punto verdulera afición de España.

Me parece un error no aprovechar el tirón de los chicos y brindarles la oportunidad de un contacto más directo con esos fans. Ni se pusieron de pie para bailar, se pegaron las 24 actuaciones que no fueron la suya casi en su totalidad como cohibidos, cuando los hemos visto en OT durante meses y ninguno de los dos es así. Hubo números superpotentes la noche del sábado en los que me fijé que solo un grupo de personas en todo un pabellón no saltaba y botaba: La delegación española. ¿Por qué esta seriedad?

¿Se ha visto a Alfred y Amaia paseando con normalidad por Lisboa? ¿Disfrutando del euroclub o del eurocafé? ¿Un encuentro informal con los fans? ¿Gozar de un concierto de fados o de jazz? Señor, si yo fuera responsable de delegación lo haría totalmente al revés. ¿Ocurre algo si una marabunta de fans les acosa? Chico, pues no. Nadie les va a apuntar con una pistola, en todo caso querrán hablar con ellos y desearles suerte. Les han privado de disfrutar de la parte bonita de la fama y del amor verdadero de cientos de personas que sólo quieren darles su afecto y cariño.

Es parte de una errática campaña de marketing y publicidad basada en la sobreprotección y en el difundir lo mío para dentro de mi casa, de la que ya he hablado alguna vez y no es cuestión de repetirme, pero que no ha ayudado en nada a la proyección internacional de sus carreras. Tampoco ha favorecido el contacto con medios de comunicación de fuera de España o con las múltiples webs y redes sociales especializadas, que orientan y mucho el voto después.

En fin, son las reflexiones a las que me movió la escena del sábado pasado. El orden de salida fue muy cruel con la delegación española, resignada a la exposición de la primera fila, en la que pudimos contemplar la triste escena de ocho personas sentadas, presas del aburrimiento, cuando las vecinas eslovenas se sacaban fotos con todo el mundo.

Mientras el barco hace aguas, dos personas de las que están ahí sentadas en los cómodos sillones esperando por el resultado, sencillamente dedican su tiempo a beber, a comer canapés y a meter la rubia cabeza en el móvil. Los fans no significan nada para ellos y Eurovisión es parte de su trabajo de 8 a 3, y no debería ser así. Ese es su concurso, el que empieza con una selección de nueve mediocres composiciones y acaba en esas horas de ponerse morados a canapés y champán.

En el concurso real, el que ocurre a un centímetro de sus caras, 25 televisiones públicas de otros tantos países se están batiendo en duelo por el favor del público… Sólo dos ganadoras posibles, Netta y Eleni, dos pedazo de mujeres de bandera que han cruzado en unas semanas al estatus de leyenda.

La primera de ellas se impone en una infartante final, otorgando a Israel su cuarta corona, ya solo superada en el palmarés por Irlanda, Suecia, Reino Unido, Francia y Luxemburgo. Favorita indiscutible desde que se conoció su divertida y reivindicativa “Toy”, avasalló a otros posibles ganadores como República Checa, Estonia y Bulgaria, y mantuvo el tipo frente a la nueva reina de la música europea, Eleni Foureira, que remató con el subcampeonato una semana de ensueño.

Netta o Eleni, Eleni o Netta. Qué más nos da. Nos encanta que haya sido tan emocionante y que estas dos mujeres de bandera hayan devuelto las canciones divertidas y bailables a lo más alto del Festival. Me decían esta semana que asistir en directo es como ir al Circo del Sol, y no es una mala comparación. Shows trepidantes casan a la perfección con momentos más íntimos, entre llamaradas, fuegos de artificio y coreografías.

En el mayor espectáculo del mundo sólo España hace el tonto un año sí y otro también. Ha pasado mucho tiempo desde que se hablaba de un show casposo y friki, o que los países se votan entre ellos y demás. Son cada vez más las personas que sencillamente se sientan un rato a pasarlo bien ante el televisor, y se unen a fans como yo, que en su día nos dejamos fascinar por el maravilloso Festival de Eurovisión.

¿Qué podía fallar para que España terminase en el puesto 23, otra vez cerrando la clasificación del concurso? Pues, lo de siempre, querid@ amig@ eurofán, lo de siempre. Aquí nadie aprende la lección, no hay manera de que un año sigamos la máxima de Einstein: “Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, y nos quedamos con la máxima de la eslovena Lea: “¿Dimitir yo? Obrigada, não”.

Dos chicas a mi lado miran hacia el lugar de España en la Green Room. Grritan “Alfred, Alfred” y yo me muero de pena con su fanatismo no correspondido. Pero ese es otro concurso.

La Columna de Alber-Vissión

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