LA COLUMNA DE ALBER-VISSIÓN: 8-10-12

Mira que le puede llegar a gustar a un eurofán un drama. Qué barbaridad, qué necesidad de un sufrir por gusto y para nada. Las alarmas volvieron a sonar esta semana por todo el continente, con epicentro en España, cuando medios de comunicación portugueses publicaron que las fechas que inicialmente se habían dado como buenas para la celebración del próximo Festival de Eurovisión, los días 8, 10 y 12 de mayo de 2018, corrían severísimo riesgo.

Se registran seiscientas llamadas en RTVE pidiendo la dimisión de su presidente, de la responsable de programas, y del telefonista que tardó 28 segundos en atenderte. Las redes sociales a tope, tres estudios de Hollywood se plantean llevar la historia al cine, y un grupo de aguerridos valientes amenaza con interrumpir el Telediario y quemarse a lo bonzo: alguien había osado modificar el orden natural de las cosas, y Eurovisión sería la primera semana de mayo.

Las reacciones no se hacen esperar, y ahí tenemos a centenares de aficionados al festival al borde del suicidio, angustiados, llamando a alguna tarotista amiga para que leyese las cartas, las caracolas o las entrañas de algún pollo, en busca de respuesta al peor de todos los males.

A apenas dos horas del anuncio oficial del pasado martes, alguno había consultado la posición de Saturno en la carta astral y el cuarto misterio no revelado de Fátima, y había concluido que se celebraría en Guimaraes la última semana de abril. “Imposible -aullaron otros-, pidamos dimisiones y aprovechemos para exigir que Coral, Mirela y Brequette se presenten este año”.

No, querid@ amig@ eurofán, podemos ir en paz todos a Eurovisión en las fechas previstas. No hay cancelaciones que hacer, deje usted el polvoriento trabuco del bisabuelo colgado en la pared y siga disfrutando de la vida y de la tranquilidad de saber que serán las alegres y bulliciosas calles de Lisboa las que acojan la mayor celebración musical del planeta.

Hubo un segundo amago de drama con la sede del Eurovillage, y hasta alguien dijo que su prima había escuchado al vecino del quinto, que a su vez hablaba con su médium, que logró ponerse en contacto con Lys Assia a través de las borras del café de la mañana, y le dijo no sé qué de celebrarlo en una horrorosa glorieta del norte de la ciudad. No, hombre, no. ¿A alguien en su sano juicio se le ocurre otro lugar que no sea la majestuosa Plaza del Comercio?

Pues claro que sí. Ahí estará a disposición de todos nosotros, triunfante, espaciosa, abierta al inmenso Atlántico, poniendo a nuestros pies los más de 36.000 metros cuadrados que la convierten en una de las más grandes de Europa.

Sabe Dios cuántos eurodramas nos esperan en los próximos nueve meses, hasta que el 12 de mayo demos a luz a un sonrosadito bebé con forma de ganador del Festival. En ese tiempo se habrán reservado y cancelado ochenta y nueve veces todas y cada una de las miles de camas turísticas y cada humilde hostalito lisboeta. Como consejo, si se me permite darlo, les recomiendo inspeccionar las opciones que brindan Chiado, Alfama, Barrio Alto y la Baixa, que concentran el bullicio y la vida de esta peculiar capital.

Y, cómo no… La madre de todos los dramas anuales: las entradas. No, señora mía, ni OGAE es una central de compra, ni su Junta Directiva tienen el programa Amadeus instalado en el ordenador de su casa. No, tampoco Ticketmaster, ni Taquilla. ¿Soy el único al que unas treinta personas le han preguntado por las entradas para la final? ¿En qué momento Eurovisión dejó de ser friki y “de gais”, para ser asunto de interés nacional? Y, lo más importante, ¿qué hace usted cuando quiere ir al fútbol, al cine o al musical de El Rey León? ¿Cómo dice? ¿Que se compra las entradas por su cuenta? ¿En serio? Pero qué original…

El pasado 22 de julio -sin eurodrama de por medio-, la capital de Letonia, Riga, acogió el I Coro del Año de Eurovisión, un nuevo invento de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), que se une a nuestro bienamado Festival, a su versión junior, y al concurso de jóvenes bailarines. Está lejanamente inspirado en los World Choir Games, y se celebrará cada dos años.

El exiguo interés que ha despertado en las televisiones públicas europeas nos hace dudar muy seriamente de la continuidad de un evento que, sin embargo, mostró una altísima calidad. Escenario bastante más sobrio de lo habitual, estrictísimo directo y gente cantando a voz desnuda, sin efectos especiales ni covers para camuflar desafines y gallos. ¡Rompedor!

Apenas nueve miembros acudieron a la llamada, con destacadas ausencias como la propia España, pero también de países de amplia tradición como Rusia o Bulgaria. Entre los presentes, Gales, en su segunda incursión independiente en un evento de la UER, como ya hicieron entre 1991 y 1994 en los añorados Juegos Sin Fronteras. Digo yo que podrían dejar tanto rollo, y recuperar aquella competición, justificada en esta época del Crossfit, que nos descubrió el poderío deportivo de la localidad oscense de Jaca, ganadora en 1992. Massiel, Salomé, María Isabel, Jaca y cinco ganadores del certamen de promesas del baile, nuestros éxitos europeos.

Volviendo a los coros, si disponen de un rato, tienen el programa entero en la web de Eurovisión y en Youtube. Dura menos de dos horas y es una ocasión para reencontrarnos con la música en directo y las excelentes voces de unas formaciones que lo hacen verdaderamente bien.

Tres colectivos femeninos completaron el primer podio del certamen. Eslovenia logró su primera victoria continental en un formato de la factoría Eurovisión gracias a las integrantes del coro Carmen Manet. Justa victoria la de las balcánicas, reinas del humor y la simpatía, que enlazaron una historia sobre el poder, dignidad y capacidades de la mujer, con una amplísima variedad de estilos e interesante escenificación. Compensa así Eslovenia su estancamiento en el festival gordo, donde ni huelen el Top10 desde 2001, con el séptimo lugar de la excelsa Nusa Derenda.

El segundo lugar lo conquistó Cor Merched Sir Gar, desde Gales, que cantó en tres idiomas y destacó por el toque soul de su tercer tema y sus alucinantes agudos, mientras que el bronce se quedaba en Letonia gracias a Spigo, única formación dirigida por una mujer.

Faltó, en mi opinión, un reconocimiento al serio y potente coro masculino Bela Bartok de Hungría, y a Hard-Chor, de Austria, que abrió su actuación con la única pieza clásica que sonó en el evento, el Ave María de Bruckner, rematada con un desafine general (deliberado, obviamente) para luego sorprender con su desenfadada y colorista puesta en escena, la única que contó con instrumentos en directo: Acordeón y clarinete.

Completaron la nómina de concursantes Estonian Television Girls Choir (Estonia), Coro Académico de Aarhus (Dinamarca), Les Pastoreaux (Bélgica) y el coro Jazz de Friburgo (Alemania), que no recibieron reconocimiento alguno por parte de un jurado profesional, en el que destacaba la estimulante presencia de la mezzosoprano letona Elīna Garanča, que ha triunfado tanto en el Metropolitan Opera House de Nueva York, como en las Óperas de París, Salzburgo y Viena. No dejen de verla y escucharla como Carmen. Una verdadera joya.

La siguiente parada, a finales de noviembre en Georgia, con Eurovisión Junior. Aprovechemos, pues, el veranito para ir a la playa y que nuestro único drama sea elegir el chiringuito en el que refrescarnos el gaznate con una caña helada, pero sin despistarnos que las primeras preselecciones están al caer, como también Operación Triunfo 2018…

La Columna de Alber-Vissión

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